Riverdale – Archie y su falta de misterio

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Cuando, después de vagar un rato por Yomvi, decidí ponerme con el primer capítulo de Riverdale tenía serias reservas; si bien jamás he leído los cómics, era una férrea fan de Los misterios de Archie, la serie de dibujos que me tuvo atada a lo paranormal cuando no era más que una cría. En realidad Archie no fue el único culpable de esto, pero esa ya es otra historia.

El caso es que tenía muy claro en mi cabeza el retrato de Archie, el periodista pelirrojo intrépido, inteligente y, al mismo tiempo, objeto del deseo de dos muchachas muy diferentes, Betty y Verónica. Dos estereotipos enmarcados en los perfiles de la rubia virginal y la morena femme fatale, cuyas personalidades basadas en el tópico iban basculando a medida que se sucedían los capítulos. El cuadro se completaba con el extravagante y pozo sin fondo Jughead, el mejor amigo de Archie, y con Reggie, el tocanarices oficial, que ya sabemos que siempre debe haber uno. Con esto, un grupo de secundarios y un puñado de sucesos paranormales, había suficiente tela que cortar para lograr capítulos cortos, interesantes y la mar de entretenidos.

Riverdale y la nueva era adolescente

Riverdale es algo diferente. Si bien toma como punto de partida los personajes originales como base y el mcguffin del misterio, por lo que he podido ver hasta el momento (primera temporada) la serie se desmarca bastante de todo lo paranormal: el asesinato de uno de los jóvenes del pueblo se convierte en la excusa para radiografiar al resto de personajes. Algo similar a lo que hizo Twin Peaks en su momento poniendo en la palestra el bonito cadáver de Laura Palmer.

Es curioso, porque precisamente existe un nexo con la serie creada por David Lynch y Mark Frost, presente en la figura de la madre de Betty Cooper, interpretada por Mädchen Amick, la que fuera Shelly en Twin Peaks. Sin embargo, dado que Riverdale enfoca sus problemáticas más en los dramas de instituto y las luchas de clase (con bastante ligereza, eso sí), la primera referencia que salta a la mente es Gossip Girl (lo siento chicos; nunca llegué a ver Dawson Creek).  Aunque también podemos olvidar toda clase de parecidos y comparaciones y ver Riverdale como el producto en si mismo que es.

Thriller de instituto

Riverdale es inquietante en cierto modo, pero no por su crimen sin resolver, ni por el aire fantasmal que tienen algunas de sus secuencias (por el momento, prácticamente contenidas en su totalidad en la mansión Blossom): inquieta por cómo te presentan la relación entre Cheryl y Jason, casi de una forma incestuosa, un paso más allá de lo que podría ser la relación entre dos hermanos gemelos muy unidos. También inquieta por el retrato desquiciado que se hace de algunos de los adultos, especialmente de los Cooper, con una trama tan llevada al límite que casi provoca hilaridad. Pero sobre todo, inquieta por el retrato que se sigue haciendo de la mujeres en pleno siglo XXI: no voy a dármelas de femi-nada porque creo que hay etiquetas que dañan más que curan, pero me parece realmente increíble que una serie de nuestros días trate a las chicas jóvenes como putas simplemente por hacer uso de su libertad sexual y equipararse en la libre toma de decisiones al género contrario.

Dejando de lado todo lo que perturba, interesante o no, lo cierto es que la serie me ha enganchado lo suficiente como para seguirla semana a semana sin mayor pérdida de tiempo. Riverdale es entretenida y sabe jugar bien sus bazas a pesar de ser una revisión mil veces vista de líos de adolescentes y relaciones paternofiliales. Como mayor valor, destacaría la contemporaneidad de la serie dentro de su estilo rabiosamente nostálgico, que podría llegar a ser ingenuo si no fuera gracias a las pullas y pequeñas maliciosidades de algunos de sus personajes.

Ésa es, precisamente, la magia de los estereotipos: cuando se rompe alguna de las normas a los que están vinculados se vuelven algo especial. Por eso funcionan tan bien los personajes de Betty y Verónica, jugando a la descaricaturización amparadas en su carisma y efectividad dentro de la trama. Betty trata de ser perfecta, pero pronto se ve que tras su fachada de niña buena se esconde carácter, determinación e incluso mala leche, mientras que Verónica trata de huir de su rol de niña rica, consentida y cruel para convertirse en el principal soporte de muchos de los personajes de la serie.

Roles en movimiento

Aunque la serie empieza con el triángulo amoroso de Betty – Archie – Verónica, el show se desvincula de esto rápidamente, como partir de este homenaje al material original fuera el requerimiento necesario para dar pase a lo que realmente sus creadores quieren contar: la historia de un pueblo con un asesino y muchos sospechosos.

La cuestión es que, a pesar de sus defectos (o comparativas odiosas), es necesario observar Riverdale como un producto con personalidad propia, agradeciendo las referencias a sabiendas de que navegamos en aguas desconocidas, justo como los hermanos Blossom en el punto de partida de la serie. Mi esperanza particular para la segunda temporada es que Riverdale siga usando las convenciones para romperlas, que abandone ciertas tramas de poco o nulo interés y que le dé algo de enjundia al personaje de Archie (por el amor de dios). Parece increíble que el supuesto protagonista sea, de lejos, quién menos me importe de todos. Y es que tanta perfección no pega nada de nada en un pueblo como Riverdale.

Ficha Riverdale Filmaffinity

Trailer Riverdale

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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