Lazzaro feliz – pureza atemporal

Lazzaro feliz

Voy a hablar de Lazzaro feliz libremente; no continuéis leyendo esta reseña si todavía no os habéis acercado al film de Alice Rohrwacher. Lo que sí os puedo decir que es que ya estáis tardando en verla, porque desde mi humilde punto de vista esta cinta italiana es lo más extrañamente hermoso y cargado de lirismo que veréis en este 2018 (con perdón de la imprescindible Burning).

Lazzaro (Adriano Tardiolo) es un joven campesino italiano que sufre una doble vida de esclavo: la impuesta por los capataces del pueblo donde reside, comandados por la Marquesa (Nicoletta Braschi), y la que recibe por parte de sus propios familiares, que ven en la bondad de Lazzaro la justificación para condenarlo a la explotación. Un día, Lazzaro conoce a Tancredi, el hijo de la marquesa, y entabla una curiosa amistad con él… capaz de atravesar el tiempo.

Lazzaro feliz

Lazzaro feliz es la suma perfecta entre A ghost story, El bosque y Un corazón gigante, una mezcla a la que se le suma un incuestionable estilo propio y las ganas de contar una historia con aires de parábola. Los campesinos de Inviolata trabajan de forma exhaustiva a las órdenes de su marquesa sin acceder a los beneficios de la sociedad contemporánea y a derechos tales como un sueldo por sus servicios. Este anacronismo que no se desvela hasta la mitad de la cinta, cuando Lazzaro muere y resucita -su propio nombre un spoiler intencionado- para reencontrarse con los suyos en un contexto totalmente distinto, que nos sirve para observar la perpetuación de la crueldad que rodea al joven en contraposición a su bondad desinteresada.

A medida que vemos la película entendemos que Lazzaro no es sólo un campesino, sino que se acerca más a la personificación del concepto de pureza, obligado a interactuar con un mundo despiadado. Sus ojos son un espejo de la realidad, imperturbables a las injusticias que se vuelcan sobre él pero capaces de volcar lágrimas cuando aquellos que aprecia se ven golpeados por el devenir de los acontecimientos. Su muerte es sólo una elipsis que nos sitúa en un tiempo distinto pero igual de cruel para consigo mismo; su segunda muerte constituye la extinción de una inocencia que no es capaz de coexistir con la maldad o la incomprensión.

Lazzaro feliz

Su entorno, casi siempre impasible o dispuesto al desdén ante la presencia de Lazzaro, se perpetua en el tiempo: Antonia siente admiración por la mirada limpia de Lazzaro, pero rara vez hace algo por él; Tancredi también es capaz de comprender en cierta medida la dimensión de Lazzaro, pero termina renegando de su bondad en pos de su propio egoísmo e intereses. Mientras tanto, sin grandilocuencias y con sencillez, vemos como Lazzaro sigue buscando una luna con la cuál reencontrarse y llorar por las injusticias del mundo, así como una música que liberar para que su estela enerve los corazones de sus seres queridos.

Lazzaro feliz imprime una sensación similar a la que habrían de provocar las grandes obras del neorrealismo italiano, donde el mundo es un lugar hostil en el que sobrevivir. En este caso, la realidad nos es mostrada con belleza y poesía, incluso cuando el escenario cambia a la urbe y se despoja del costumbrismo de sus primeros compases, continúa buscando la humanidad en los personajes, su mirada contagiada por la de un Lazzaro sonriente y sereno.

No hay un lugar en el mundo para las personas como Lazzaro, demasiado puras, buenas e ingenuas como para evitar que el mundo se aproveche y se ensañe con ellas. En una sociedad obligada a vivir en base a las escales de poder, la persona que no muestra resistencia alguna es inevitablemente obligada a ocupar el escalafón más bajo, pero también a dejar una huella indeleble en los corazones de aquellos que han obrado en su contra. Por esa razón, Lazzaro sigue caminando sin rumbo, destinado a ser el espejo de la verdad donde todos nos veamos reflejados… y no nos guste lo que observemos en él.

Ficha Lazzaro feliz Filmaffinity

Trailer Lazzaro feliz

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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