París – mi primer viaje a la capital francesa

Mi aventura en París fue tan sólo de dos días escasos, y bajo circunstancias bastante excepcionales (al menos para mí).  La empresa para la que trabaja como becaria por aquel entonces (año 2011) me ofreció la oportunidad de visitar la ciudad de la luz para cubrir una exposición, Batimat; lo cierto es que la idea me seducía y me aterraba a partes iguales. Sería la primera vez que viajaría al extranjero sola y con la mera idea acudían las culebras a mi estómago, pero en aquel momento empezaba a aplicar la máxima de «si algo da miedo, se va por el camino correcto», así que acepté.

Después de eso vino un mes de insomnio aterrado.

Y tras eso, finalmente me vi en el Aerobus, a una hora obscena de la madrugada, camino al aeropuerto.

Sin ánimo de hacer spoilers, diré que en el viaje todo salió a pedir de boca a pesar de no saber francés, no saber apenas inglés y ser un poco «paradita» en general. Un consejo: si has de viajar por primera vez y no te orientas con facilidad, elige una ciudad que tenga una amplia red de metro. Así es imposible perderse del todo, ya que siempre puedes «saltar» a la boca de metro más cercana. 

París

En retrospectiva sigo pensando que aproveché muy bien el tiempo del que disponía, teniendo en cuenta que cumplí mis obligaciones de «reportera intrépida» en Batimat. Un detalle: también era la primera vez que me dejaban una cámara reflex, de modo que desconocía por completo su funcionamiento. De haber sido ahora no dudo que las fotos hubiera sido bastante -mucho- mejores, especialmente las nocturnas (¡era una Nikon!) pero pudo ser mucho peor. Espero poder regresar algún día y rehacer la ruta con más calma y mayor disfrute.

Primeros pasos en París: de la Madeleine al Sena

Me alojé cerca de la iglesia de la Madeleine, lugar que quedaba lo suficientemente cerca de todo y nada como para convencerme a no tomar el metro, al menos durante las primeras horas. Llevaba lo mío ya caminado en Batimat (que por cierto, se encontraba bastante lejos del centro de la ciudad) pero estaba repleta de esa energía que sólo te da la idea de encontrarte en una ciudad nueva por descubrir.

Madeleine

El tiempo era frío, mucho más de lo que esperaba (era noviembre), y a la sensación algo depresiva que provocan los escalofríos en la piel se le sumó la oscuridad que iba haciendo mella del ambiente y la humedad penetrante que iba en crescendo a medida que me acercaba al Sena. Antes, mis pasos me llevaron de forma casi instintiva por la plaza Vendôme, un parque y la plaza de la Concordia.

Plaza Véndome

Plaza Vendôme

París

Plaza de la Concordia

Plaza de la Concordia

Plaza de la Concordia

El sentimiento no era muy optimista debido principalmente al frío, pero caminé un buen trecho de la ribera del río mientras iba frotando mis manos enguantadas; cada vez que me los quitaba para hacer una foto era un pequeño suplicio pero… ¡el Sena!

Río Sena

Río Sena

Del Louvre al Moulin Rouge

Encaminé mis pasos hacia el Louvre, animada por las luces que empezaban a reflejarse en el asfalto y restar tanta solemnidad derrotista al ambiente. Mi decepción llegó cuando vi que el museo había cerrado esa tarde, a pesar de haber leído en la página web que había horario nocturno. Tuve una breve pero intensa pelea con la Nikon de prestado para hacer algunas tomas nocturnas de la plaza del museo, perdí por KO y decidí buscar una ruta alternativa. Ahora así, tomé el metro.

París

Louvre

Louvre

El Arco de Triunfo de París era otro de los sitios emblemáticos que quería ver, y la idea de contemplar la Avenida des Champs-Élysées con las luces del tráfico nocturno me seducía muchísimo. Lo que nadie me explicó es que la atracción carecía de escaleras mecánicas, de modo que el ascenso era contando peldaños. Perdí la cuenta en pos de mantener la respiración… pero las vistas desde la cumbre merecieron la pena. Lástima de la niebla intensa, que cubría la Torre Eiffel iluminada casi en su totalidad.

Arco de Triunfo

Champs-Élysées

Estaba cansada, muy cansada, pero no podía irme a dormir sin ir a ver el Moulin Rouge. ¡Además, no eran ni las 23:00 de la noche! Eso sí, el ambiente por el barrio que cubría la parada de Blanche y posterior se parecía más al de las Ramblas a las 3 de la mañana: chavales vacilones y el miedo constante a acabar atracada o, como mínimo, interpelada no muy amablemente. Las luces de los sex shops y de las tiendas picantonas acompañaron mir recorrido hasta una zona más amable donde, finalmente, cogí el metro para regresar al hotel.

Moulin Rouge

Del Sacré Coeur al Champ de Mars

Al día siguiente me levanté muy temprano: mi intención era ver todo lo que pudiera antes del vuelo (no lo recuerdo muy bien, pero creo que era en torno a las 19:00). También quería cumplir un par de tópicos, como buena turista, de modo que desayuné un croissant tras bajarme en la parada. El camino de ascenso me dejó algunas postales pintorescas que no desperdicié para fotografiar.

París

París

París

La visión del Sacré coeur implicó el momentazo más típico-tópico del viaje: mientras contemplaba las vistas de París, apareció un hombre con un acordeón y empezó a tocar las tonadas de la banda sonora de la película Amélie. Qué queréis que os diga; me emocioné como la rematada tonta cinéfila que soy.

Sacré coeur

Sacré coeur

París

El descenso incluyó un asalto en el que me trataron de poner una pulsera que no quería para después cobrármela. Decidí que era el momento de no postergar más la visita al icono de París, la Torre Eiffel. Debo decir que la jugada me salió perfecta: no sabía cuál era la salida del metro que debía tomar, de modo que salí algo perdida, torcí la esquina y me encontré de pleno en la Plaza de Trocadéro y la impresionante figura de la torre. Todavía me acuerdo de la impresión que me produjo.

Torre Eiffel

Después caminé y caminé; pasé por debajo de la torre y renuncié a subir, puesto que la cola que habría supuesto horas preciosas de mi tiempo. Atravesé el Champ de Mars y reconozco que a partir de ahí vagué un rato sin saber muy bien donde estaba; paré en una cafetería para tomar algo calentito y me bebí el café más caro que he tenido el gusto de pagar en mi vida (unos 5€ por una tacita pequeña). Creo que terminé cogiendo el metro en la Avenue Émile Zola… aunque no lo tengo nada claro; es la parte de la ruta en que, francamente, terminé por perderme, y no supe donde estaba hasta que no encontré la primera boca de metro.

Champ de Mars

Champ de Mars

Champ de Mars

Torre Eiffel

Del Barrio Latino al Louvre

Pensé que era hora de encaminar mis pasos por una zona totalmente distinta, así que me decidí por el Barrio Latino. Escogí esta área de París porque había leído que sus calles estaban llenos de librerías, y también por su proximidad a los Jardines de Luxemburgo. Lo cierto es que estas calles tenían un encanto especial y los jardines estaban rebosantes de colores, como sólo sucede en otoño y en primavera.

París

París

París

París

Jardines de Luxemburgo

Jardines de Luxemburgo

Jardines de Luxemburgo

Jardines de Luxemburgo

Barrio Latino

París

Al salir de los jardines cumplí mi tradición de toparme con una manifestación cada vez que se me ocurre ir al extranjero. Lo cierto es que a continuación no tengo nada clara la ruta que realicé, aunque lo que sí sé es que mi intención era encaminar los pasos de nuevo hacia el Sena. No debí hacerlo del todo mal puesto que terminé en las inmediaciones de la catedral de Notre-Dame (donde tampoco pude entrar… el tiempo iba escaseando a estas alturas de la excursión).

París

Sena

París

Notre Dame

Una hora en el Louvre

A estas alturas estaba francamente exhausta. No sé cuantos kilómetros había recorrido, pero tenía un dolor muy intenso en los pies y en uno de los tobillos (resultado de ciertos vicios al colocar mal el pie al andar) y sólo tenía ganas de sentarme en un banco y de, quizás, comerme otro cruasán. Sin embargo, nunca me he caracterizado por saber parar en estas situaciones y la tentación de visitar el Louvre, que estaba «relativamente» cerca era poderosa. Un vistacito rápido, pensé. Una Gioconda, una Balsa de la Medusa y con suerte una Libertad guiando el pueblo y saldría escopeteada dirección al hotel.

Qué hacer en París

El plan era bueno: acerté con la entrada (la trasera, la de los leones, apenas tenía cola y te lleva directo a la zona con las obras citadas arriba) y esta contentísima y feliz de haber visto un grupo de japoneses y un cuarto de la Gioconda.

Louvre

Venus de Milo

Libertad guiando al pueblo

Lo que no calculé bien fue el hecho de perderme dentro del Louvre y entrar en pánico por no saber salir -y con el vuelo de regreso inminente-. Ahora me hace mucha gracia pero creedme si os digo que lo pasé mal en mi carrera desesperada buscando la salida. La parte buena fue que vi bastante más del museo de lo que había planeado en un primer momento.

Louvre

Louvre

Louvre

Louvre

Al final ni perdí el avión de vuelta a Barcelona ni pasé el resto de mis días en el Louvre; lo cierto es que para ser mi primera experiencia viajando sola en el extranjero todo salió rodado y sin ningún tipo de problemas. Ahora que ya han pasado varios años desde el viaje a París y que sólo pude repetir esto en otra ocasión (Londres al año siguiente, pero esa ya es otra historia) pienso que echo de menos la libertad de viajar sola. Tiene sus desventajas, claro está; el sentimiento de soledad lejos de tu hogar se multiplica y es difícil pensar que no puedes contar con nadie en caso de necesidad. Pero tener vía libre y toda una ciudad por descubrir… es una sensación extraordinaria. Y cuando tus días pasan entre horario de oficina y obligaciones varias el deseo de paladear esa libertad aparece con más fuerza.

París

 

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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