<<Darlin’ you got to let me know
Should I stay or should I go?>>

«Should stay or should I go», The Clash


En Stranger things, la nueva producción de Netflix para este verano de 2016, uno de los niños protagonistas canta sin cesar el tema Should stay or should I go de The Clash. Lo hace porque la canción le gusta, pero también como método de supervivencia: se aferra a su estribillo como si de un chaleco salvavidas se tratara, le da seguridad y, en cierta manera, le devuelve a su hogar.

Es algo similar a todo este revival ochentero que venimos reproduciendo desde hace ya unos años. Vivimos en tiempos cada vez más acelerados, en los que el cambio ya no es algo de qué sorprenderse si no una realidad diaria, y hacernos a ella supone un modo de vida. Exponemos nuestras vidas, a menudo sin pudor, en las redes sociales, y sin embargo muchas veces tenemos la sensación de estar rodeados de desconocidos, amparados cada vez más en la sombra de una identidad digital.

La memoria colectiva de los 80

Entre tanta confusión, para mi generación y otras, los años ochenta representan, sobre todo gracias al cine, una postal sobre la que posar la mirada y ponerse a añorar. Muchos de nosotros ni siquiera vivimos esos años; nacimos a finales de dicha década o a principios de la posterior, de modo que no guardamos recuerdos propios. Y aun así, esa memoria colectiva en forma de coches con condensadores de fluzo y tesoros pirata escondidos en barcos, ha hecho mella en nosotros. Tenemos idealizada una época a través del celuloide, uno particularmente carismático plagado de escenas icónicas, uno que inundó las tardes de nuestra infancia de pandillas buscando aventuras, de adolescentes escabulléndose por ventanas de típicas casitas norteamericanas, de tardes de bici y de cabaña en árboles… e incluso de aquellos primeros terrores al ritmo de los sintetizadores.

Para aquellos quienes, además de conservar todo ese imaginario, le sumamos las novelas y adaptaciones de Stephen King, el efecto de una serie como Stranger things se multiplica, si cabe. El sabor ochentero queda teñido por miedos sin forma y otros más tangibles, como el de esas comunidades pequeñas que rezuman secretos y veneno, donde las relaciones entre sus habitantes son una mezcla de contrastes entre la más absoluta crueldad y promesas de amistad inquebrantables. Los niños se ven obligados, qué remedio, a crecer, y miran, con el rabillo del ojo, el reflejo de sus padres. Y sienten pánico, uno mayor que el del monstruo que acecha por las noches.

Revival nostálgico

Stranger things es todo eso y más. Es un producto lanzado en el mejor momento posible, que sabe a verano y que nos permite aislarnos de estos tiempos algo desconectados, que va presentando a sus personajes con soltura y que nos hace ser niños otra vez. Que Winona Ryder interprete a la madre de uno de los chavales tampoco es casualidad, una dosis más al chute de nostalgia que sentimos visionando las peripecias de los habitantes de Hawkins, una población colocada en el extrañamiento más absoluto y donde parecen haberse fusionado elementos de It, E.T., Pesadilla en Elm Street, Cuenta conmigo e incluso Twin Peaks, por sólo citar algunos.

Así que le damos al play, escuchamos los sintetizadores de nuevo y nos arrullamos en el sofá. El capítulo empieza y nos sentimos niños otra vez, eternamente jóvenes y con un verano que parece que vaya a alargarse eternamente.

Publicado por Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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