‘Los asquerosos’, Santiago Lorenzo

Los asquerosos, Santiago Lorenzo
Los asquerosos

Últimamente leo menos. Yo, que devoraba libros en los ratos libres -y me aseguraba de reservar muchos para este fin-, que no concebía un verano sin leer casi una veintena de libros. No es algo de lo que me sienta orgullosa y, buscando el lado positivo de las cosas, el confinamiento me está sirviendo para reencontrarme con una de mis facetas preferidas. Resulta irónico que la lectura que ha venido para reconciliarme con las noches de novela y manta haya sido una historia poco amable con el lector. Los asquerosos de Santiago Lorenzo no transmite demasiado amor por la humanidad, pero buena parte de ella no dudará en recomendarla una vez la haya leído. 

Los asquerosos: la misantropía menos ofensiva

Manuel es un veinteañero que se ve obligado a huir de Madrid tras un altercado con un antidisturbios. Sin saber muy bien qué hacer, termina ocultándose en un pueblo desierto, donde sólo mantiene contacto telefónico con su tío. Allí, Manuel irá descubriendo que la cadena de acontecimientos que le llevó a Zarzahuriel tal vez no fuera tan desafortunada como creyó en un principio… 

Si hay algo que Los asquerosos enarbola sin sonrojo alguno es una misantropía recalcitrante, de ésa que no deja pie con bola y mediante la cual es difícil no sentirse aludido en algún momento. En su descripción de la “mochufa” -término inventado para definir a personas especialmente molestas- Santiago Lorenzo carga las tintas. La invasión rural por parte de una familia amante del postureo suena, al menos de inicio, tan familiar como inofensiva. Sin embargo, su descripción a través de la mirada crítica distorsiona la estampa hacia unos derroteros de especial bochorno. 

Ahí es donde radica gran parte del encanto de Los asquerosos. El desdén nada disimulado de Manuel con sus elucubraciones acerca de la mochufa se siente como una colleja de la que sentirnos más o menos partícipes. Quizás no sea la intención del autor que reflexionemos; más bien, creo que Lorenzo se limita a dar rienda suelta a una historia mientras juega con las posibilidades del lenguaje. Aun así, es probable que esta novela dé qué pensar dependiendo del tipo de manos -y mentes- en que caiga. 

El lenguaje, un campo de juegos 

Más allá de las puyas y la mirada de soslayo intencional hacia el lector, Los asquerosos se disfruta enormemente gracias a la originalidad latente en la narración. Leer esta novela proporciona una sensación bastante alejada de los escenarios comunes. En sus páginas no encontrarás frases y expresiones manidas, sino que el lenguaje se siente como un territorio sumamente orgánico donde el autor se ha preocupado por tomarle la medida hasta hallar el sendero más fascinante. 

Si bien, en algunos momentos, la deriva por algunos de los mundos de Manuel terminan ya no en jardines, sino en vergeles, lo cierto es la lectura de Los asquerosos resulta refrescante, algo que agradecer ante tanto clon literario. Eso sin descuidar, en ningún momento, una prosa amena que logra mantener el interés en todo momento para gloria del lector. 

Un Robinson Crusoe rural

En Los asquerosos asistimos al proceso de un Robinson moderno -mucho mejor preparado- que, lejos de añorar otra compañía que la de Wilson, abraza felizmente el triunfo del individualismo. Al final, podría ser que todo constituya un ejercicio de costumbres, hasta el hecho de relacionarnos. Optar por desprendernos de la vida social nos deja sólo con lo indispensable, es decir, en compañía de nosotros mismos. Y sólo entonces sería posible justificar la estupidez, ya que si se da en solitario no resulta perniciosa para ningún otro individuo. 

Teniendo en cuenta que muchos de nosotros vivimos hiperconectados, no se me ocurre una rebeldía mayor que la de tratar de emular a Manuel, aunque sólo sea en los páramos imaginarios de Zarzahuriel. 

Puedes adquirir Los asquerosos en la web de Blackie Books 

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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