El libro de las ilusiones – Paul Auster

Fotografía Noemí Escribano
Fotografía Noemí Escribano

Hay historias que no se limitan a sumergirte en algo ya de por si tan mágico como es la literatura, sino que también logran que roces otros ámbitos mediante la imaginación. El libro de las ilusiones de Paul Auster entremezcla en su trama dos artes: la palabra escrita y el cine mudo. Parecería que ambos tienen en común la ausencia de sonido si no fuera porque las palabras que el protagonista de la narración va desgranando alcanzan una corporeidad casi audible, el tipo de presencia a la que cuesta acostumbrarse a prescindir una vez terminado el libro.

David Zimmer es un hombre que ha perdido a su familia en un trágico accidente; el horror ante esa ausencia es descrito de forma austera pero sensible (que no sentimentalista), haciendo al lector partícipe de los sentimientos que encierra un acontecimiento tan atroz, pero sin hacer pornografía del dolor. Un día, tras meses y meses de abandono consciente a la realidad, David suelta una carcajada viendo una escena de una antigua película muda. En un momento en que creía su sentido del humor tan muerto y enterrado como su familia, este pequeño hecho le revive por dentro: decide saber qué más películas protagonizó el actor del film, Hector Mann.

Toda la novela es narrada como una historia dentro una historia; conocemos cómo transcurren hechos en las vidas de David y de Hector de forma entrelazada y, aunque se guarda una lógica lineal de los acontecimientos, muchas veces estos son adelantados sin pudor por el propio protagonista. Una especie de pragmatismo ante lo que, para él, ya ha sucedido y, con lo cual, no caben esperar alarmismos contra el spoiler, puesto que la vida es la que es y el pasado no se puede alterar (si bien la memoria puede jugar pequeñas jugarretas).

Para mí, El libro de las ilusiones es una historia por la que es muy fácil dejarse llevar. La vida de Hector Mann resulta apasionante, si bien a veces frustra un poco la sensación de quedarse a las puertas de su mente. Sin embargo, el engarce es perfecto: a David le conocemos muchísimo mejor, pero de Hector nos quedamos con esa duda eterna, la misma que el protagonista, por saber más. Es curioso porque la historia, a pesar de resultar triste, no deja un poso negativo como ocurre con otras narraciones; más bien es como haber asistido a toda una ilusión recreada por la mente, donde el pasado es una película más de la que poder recordar algunas escenas.

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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