La forma del agua – la poética del amor entre semejantes

La forma del agua

[Crítica con spoilers] Ni más ni menos que trece son las nominaciones que ha acumulado La forma del agua, la nueva película de Guillermo del Toro, un director cuyas obras casi siempre gravitan en mundos de fantasía tenebrosa donde los monstruos son los humanos y los seres de otro mundo padecen su maldad (algo que Steven Spielberg también nos dijo con E.T. – aunque no con La guerra de los mundos-.

La forma del agua es un cuento ambientado en los años 60 en el que Elisa (Sally Hawkins) es una mujer muda atrapada en su rutina nocturna como limpiadora en un laboratorio. Sus únicos apoyos son el artista (Richard Jenkins) que vive en el piso contiguo -en plena crisis laboral- y su amiga Zelda (Octavia Spencer), tan parlanchina que suple por completo la falta de habla de su compañera. Hasta que un día llega al laboratorio una suerte de hombre anfibio (Doug Jones) y Elisa entabla una peculiar relación con él.

Un cuento en la era fría

A falta de ver su competidora directa en la próxima gala de los Premios Oscar, Tres anuncios en las afueras, para mí La forma del agua constituye un bello cuento cuidadosa (y preciosistamente) ambientado, pero que se excede en su visión pueril de “los malos” de la función. A diferencia de lo que sucedía en El Laberinto del fauno (film con el que enlaza directamente y con el que tiene puntos en común), la historia de Ofelia se nutría del halo de fantasía infantil como contrapunto a la crueldad y la crudeza latente en el contexto de la posguerra y, sobre todo, en la terrible figura del capitán Vidal, capaz de helar corazones. Aquí, nos encontramos con Richard Strickland (Michael Shannon), un hombre al que se le supone un derrumbamiento moral (como una gangrena que avanza ineludiblemente) pero cuya maldad resulta patente desde el minuto uno.

El otro conflicto narrativo procede la propia etapa histórica: la intromisión de los rusos en la trama resulta poco concisa y casi accesoria. Su intencionalidad no queda nada clara, aunque tampoco la de sus adversarios estadounidenses: primero pretenden usar al hombre anfibio para avanzar en la carrera espacial y poco después no tienen miramientos en descartarlo.

El conflicto pierde, pues, interés, y como espectadora, viendo La forma del agua tan sólo quería volver una y otra vez al mundo de Elisa, importándome poco los problemas del doctor Dimitri o la hipócrita vida de anuncio de Strickland. Ese desequilibrio ha sido, para mí el principal fallo de una película, por otro lado, hermosa en su representación del amor entre seres que se contemplan en su esencia desnuda, literal y figuradamente.

Atracción sin barreras

He podido leer por ahí dos «apuntes» que me gustaría comentar: el primero, que La forma del agua es una oda a la zoofilia. Me pregunto si de La bella y la bestia se dijo lo mismo en sus múltiples representaciones, pero creo una obviedad resaltar que la cinta apunta a otros lares. La película de Guillermo del Toro es un cuento en el que el príncipe encuentra a su princesa y viceversa, donde el amor queda representado por la comprensión mutua.

Es un film hermoso, que resulta desapercibidamente atrevido en la exposición de la atracción sexual (será por la agradable naturalidad con la que está expuesta) y cuya protagonista resulta dulce y conmovedora de una forma totalmente creíble. Detesté la performance de Sally Hawkins en Happy: Un cuento sobre la felicidad por su interpretación rayana al desvarío exaltado y vacuo del entusiasmo, pero con su Elisa me ha ganado totalmente el corazón.

Lo otro que he leído por ahí, y debo decir que esto logra enfadarme de verdad, es que los breves atisbos en que se muestra a Elisa masturbándose son totalmente gratuitos. Para empezar, mostrar la rutina sexual de una mujer solitaria en su bañera queda directamente enlazado a cómo luego este mismo lugar lo ocupa el hombre-anfibio, que toma el relevo sexual.

En segundo lugar… ¿qué tiene de gratuito mostrar algo tan natural como Elisa dándose placer antes de desayunar e irse al trabajo? No se ha dicho que verla despertándose, cociendo unos huevos o cogiendo el autobús sea gratuito; superemos de una vez la falacia sobre la cual las mujeres no sienten impulsos sexuales, por favor.

Me gustaría señalar, como curiosidad final, dos semejanzas entre los personajes de Elisa y Ofelia (de La forma del agua y de El laberinto del fauno, respectivamente) que hacen su vínculo aún más fuerte. Ambas “mueren” de un disparo antes de revivir en el lugar al que de verdad pertenecen y también ambas portan calzado de color rojo, como Dorothys perdidas antes de, finalmente, poder regresar a su hogar.

Ficha La forma del agua Filmaffinity

Trailer de La forma del agua 

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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