Fences – la vida es la suma de quien dejamos atrás

Fences

Si hay algo fabuloso en las artes es su capacidad para influenciarse entre ellas, ampliando los horizontes de cada experiencia y desdibujando los límites a la hora de disfrutar de la música, del cine o de la literatura. No son nada nuevo esas obras que proceden de libretos teatrales y que, más tarde, han sido adaptadas al cine: al fin y al cabo, el diálogo es uno de los medios naturales del cine, eso y las interpretaciones, dos de las columnas que sostienen en buena parte el resultado final de una cinta.

Sin embargo, algo falla cuando una obra de teatro es trasladada al cine tal cual, sin que su director se moleste en añadir nada más a la mezcla. Porque el resultado será teatro sin teatro, un buen contenido obligado a sobrevivir sin su molde original y sin la magia que le confería su medio natural, presentado con una desnudez espartana que no le hace ningún favor. Ése es el problema de Fences; ojalá alguien se hubiera tomado la molestia de vestirla de cine.

Durante más de dos horas asistimos a una obra de teatro filmada; no habría sido necesario añadir filigranas estéticas, pero sí un poco de maña cinematográfica que nos recuerde que nos encontramos ante una película. Es una verdadera lástima, porque esta película dirigida y protagonizada por Denzel Washington va ganando más y más a medida que los minutos se suceden , que el conflicto llega y que la interminable cháchara de su protagonista queda invalidada por sus propios actos.

Lo que no se le puede negar a Fences es su poderío actoral: tanto Denzel Washington como Viola Davis están francamente sensacionales en sus roles como un marido y una mujer llenos de contradicciones, de anhelos y de pugnas sin resolver. Sobre todo ella, Davis, es en su interpretación todo un ejemplo de lo que una vida puede hacer contigo: cada vaivén y cada bache en el camino deja mella y hace las sonrisas un poco más amargas.  Y es que cuando te das cuenta que tu presente es un futuro que jamás hubieras aceptado de joven llega el brutal choque con la realidad.

Lo cierto es que la primera hora de Fences se me hizo bastante lenta, sin más estímulo que los constantes diálogos y una problemática que no terminaba de cuajar, sumado a la perspectiva de otra hora algo insípida; sin embargo, es ahí donde la película emprende el vuelo y gana su sentido en la maravillosa escena donde estalla el conflicto y Viola Davis arrasa con su interpretación.

Me falla también ese final imbuido de un supuesto simbolismo que a mí, sinceramente, ni fú ni fa; porque Fences habla sobre las personas, sobre que las líneas de pensamiento y los actos muchas veces no caminan a la par, sobre la familia y sobre el sacrificio; en definitiva, Fences habla de la vida, y ese final me suena tan falso como algunas de las historias que el personaje de Denzel Washington explica con el entusiasmo de un niño y la verborrea de quien ha aprendido a camuflarse a si mismo bajo el torrente de palabras.

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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