‘El mejor verano de mi vida’ – el síndrome del azulejo

El mejor verano de mi vida

Muchos de nosotros albergamos recuerdos de aquellos largos meses de verano, a cuyo inicio parecía que no iban a terminar nunca. En ellos había tiempo para la diversión, pero también para el aburrimiento y para las horas muertas. De hecho, mi infancia estuvo repleta de estíos insustanciales y sosos en los que buscar cómo llenar las horas. No hay cabida a imágenes de «anuncio de Estrella Damm», similares a las que podemos ver en El mejor verano de mi vida, la nueva película de Dani de la Orden.

Las promesas están para cumplirse

Curro (Leo Harlem) es un hombre algo peculiar cuyos sueños de convertirse en un empresario de éxito se han visto truncados. En la bancarrota y con su familia a punto de desintegrarse, se embarca en un road trip con su hijo para cumplir una promesa: la de regalarle el mejor verano de su vida.

Ante todo quiero decir que no tengo nada en contra de las “feel good movies”. Ver El mejor verano de mi vida me permitió abandonar todo aquello que «me inquieta y me perturba» durante su hora y media de duración. De modo que podemos decir que su función como cinta familiar veraniega para entretener está cumplida. Sin embargo, siempre que una cinta me lanza a la cara situaciones de buen rollo narradas con un toque tan sumamente naíf que avergonzaría a los mismísimos payasos de la tele, me pongo nerviosa. No lo puedo evitar.

El mejor verano de mi vida

Positivismo edulcorado

Entiendo que El mejor verano de tu vida pretende lanzar un mensaje positivo sobre la familia y las relaciones paterno-filiares. La idea del viaje veraniego que implica circunstancias extravagantes, sin ser original, sirve estupendamente para hilvanar una historia que supla las ganas de desconectar de aquellos que acuden al cine. Harlem proporciona momentos realmente hilarantes gracias a su efectividad cómica (las escenas del resort me provocaron más de una carcajada) y sus interacciones están, a menudo, tratadas con acierto, desprendiéndose de moralinas y de frases aleccionadoras, o al menos hasta su tramo final.

Aun así -y aquí llega el «pero»-, a pesar de que la mayoría de los actores y actrices que aparecen a lo largo de la película cumplen su cometido -destacaría al personaje de Gracia Olayo-, hay otros que podrían haberse omitido completamente. Es el caso de la psicóloga, interpretada por Mariam Hernández, que a mí me resultó francamente insoportable. Otros, en cambio, pedían a gritos un tratamiento distinto, como sucede con el personaje de Toni Acosta, totalmente desaprovechado y al servicio de la vis cómica de Harlem. Y luego tenemos a Jordi Sánchez, efectivo pero repetitivo -¿cuántas veces ha interpretado el mismo papel?- en su rol de villano. 

Desconexión veraniega

En un momento dado de la cinta, Curro dice tener “el síndrome del azulejo”: le es más fácil partirse que doblarse. Con El mejor verano de mi vida sucede algo similar; su humor níveo y el tratamiento pueril de muchas de las situaciones colocan el perfil en el mismo límite del cine conocido «como familiar». Cuando sube la dosis de infantilismo, la propuesta se resquebraja. La cinta aguanta, eso sí, y toca quedarnos con su efectividad como propuesta veraniega adecuada para todos aquellos que sólo quieran pasar un rato ameno en la sala de cine.

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Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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