El otro día, hablando sobre Érase una vez en Hollywood, me referí a ella como Érase una vez en América. Tras autocorregirme, me di cuenta que el error no lo había sido tanto. Y es que uno de los muchos homenajes que Tarantino dispensa en su novena película es a los spaghetti westerns, subgénero con el que Sergio Leone rubricó su famosa Trilogía del dólar. Érase una vez en Hollywood es esto y muchas cosas más: un what if que juega con la historia, al igual que ya lo hizo Malditos Bastardos, un caleidoscopio de los años 60 y de su progresiva muerte, una buddy movie, una carta de amor a los stuntmans, un clímax explosivo y sangriento capaz de hacerte estallar en carcajadas.

Bienvenidos, una vez más, al universo de Quentin Tarantino.

Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) es la estrella de un western televisivo que vive con el miedo de que su carrera se haya quedado estancada. Su doble en las escenas de acción, Cliff Booth (Brad Pitt) es también su amigo y chofer, y su puesto de trabajo también peligra debido a su turbio pasado. Además, Dalton vive muy cerca de la casa de Roman Polanski y de su flamante esposa, Sharon Tate (Margot Robbie). 

Las referencias de Tarantino 

Cuesta mucho explicar de qué va Érase una vez en Hollywood. Esto no es nada nuevo en los estándares de Tarantino si hurgamos más allá de los mcguffins que introduce en sus tramas, ya sea como punto de partida o de llegada. No considero spoiler comentar que aquellos que esperen un film centrado en la muerte de Sharon Tate -tal y como se ha publicitado en algunos medios- se verán francamente decepcionados. Aunque para mí, el escenario que Tarantino plasma a lo largo de casi tres horas de metraje resulta mucho más interesante que otras posibles alternativas. 

Tampoco es novedad que Tarantino gusta de incluir todo tipo de referencias en sus películas, pero en este caso hablamos de un filme ambientado en la meca del cine, Hollywood. El metalenguaje establecido va más allá de los guiños, siendo las referencias parte orgánica de la película. Actores interpretando a actores, que al mismo tiempo se contemplan en pantalla y se regodean del espectáculo de ser parte de la cultura popular (algo que también vimos en la ya mencionada Malditos bastardos). Las entrañas de los rodajes se mezclan y confunden con la narrativa cinematográfica; los especialistas se pelean entre sí -dando paso a una de las escenas más hilarantes de la cinta-, los diálogos se repiten y cobran vida. La magia tiene lugar y Tarantino es el mago que nos deja ver una parte del truco en la chistera, sin que éste pierda un ápice de su encanto. 

Érase una vez… dos amigos en Hollywood

Érase una vez en Hollywood nos hace preguntarnos dónde ha estado todo este tiempo el tándem DiCaprio-Pitt. Su química en pantalla y la enternecedora relación que mantienen a lo largo de la cinta ya merece por sí sola el visionado. Leonardo DiCaprio está sencillamente colosal, dando un recital interpretativo conmovedor que lo corona, una vez más, como uno de los mejores actores de su generación. Pero no sólo están ellos: existe toda una galería de personajes que se cruza en sus vidas y que dispone de su momento para brillar y transmitir algo de ese Hollywood perdido en el que las estrellas gozaban de un aura casi celestial. Incluso Sharon Tate, con su pequeño pero precioso papel, también dispone de momentos para ella sola, donde mostrar algo tan natural como la emoción de verse en pantalla haciendo disfrutar del arte del cine a los demás.

La banda sonora de una época

A estas alturas de la filmografía de Tarantino, resulta reiterativo hablar del papel que la música tiene en sus obras. Los años 60 se ven y se escuchan a lo largo de toda la película; el contexto resulta tan vívido e inmersivo que te da la sensación de acompañar a los personajes en sus paseos en descapotable por los bulevares, mientras la música se adhiere a la memoria y los cabellos se alborotan con el viento. 

El glamour de las estrellas choca con la alegría naíf de los hippies que pasean por Hollywood, elevando sus consignas y reivindicando la vacuidad de las clases adineradas, a medida que el status quo de las estrellas empieza a decaer. Los tiempos cambian y los que eran los protagonistas deben amoldarse al cambio para no caer en el olvido. Y la nostalgia impregna cada fotograma de la función, pues el cine es una máquina del tiempo y Tarantino se ha encargado de apretar todos los botones necesarios para que sintamos una pequeña sacudida en el estómago que nos haga fantasear con la Fábrica de Sueños

El paseo de las estrellas

 Sé que esta crítica es sentimental, que no analiza las referencias ni pone de manifiesto la añoranza por el montaje de Sally Menke. Pero sé que otros y otras se encargarán de adentrarse en todos y cada uno de estos aspectos; para mí, aquí, era más importante plasmar la sensación que me ha producido la última película de Quentin Tarantino, una cinta de la que preveo división de opiniones una vez se estrene. Quizás resulte menos gamberra que sus predecesoras, pero también deviene más sentida y sin duda, cuenta con el sello personal de su realizador. 

Tarantino escribe una carta de amor al cine y yo, como cinéfila que soy, le doy las gracias por ello. 

Ficha de Érase una vez en Hollywood Filmaffinity

Trailer de Érase una vez en Hollywood

Publicado por Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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