‘El árbol de la vida’ – comprendiendo la naturaleza humana

El árbol de la vida - Terence Malick

La quinta película de Terrence Malick, El árbol de la vida, como era de esperar, provocó una gran controversia. Durante la proyección de la cinta en el Festival de Cannes se produjeron tanto aplausos como abucheos, aunque finalmente la cinta resultó ganadora de la codiciada Palma de Oro. Su paso por los cines extremó el fenómeno: desde gente que no duda en calificar la película como “obra maestra”, hasta personas indignadas abandonando la sesión a media película. 

En mi caso, debo decir que comprendo ambas posturas por igual. El árbol de la vida no es una película para el gran público, y con esta afirmación no pretendo incurrir en esnobismos. Es fácil entender que el filme haya sido denostado por muchos que, sencillamente, tenían una idea bastante errónea de lo que iban a ver. Los trailers son engañosos y la publicidad centrada en el elenco (Brad Pitt, Sean Penn y Jessica Chastain) conduce a equívocos que no hacen ningún favor al recorrido de la cinta. 

La evolución retórica

La película toma como título la teoría de Charles Darwin con la que quería demostrar de qué forma las especias podían haber evolucionado. Todas relacionadas entre sí, despojándose de ciertos atributos en pro de la selección natural. A lo largo de todo el metraje, parco en diálogos, se establecen toda una serie de reflexiones y de preguntas retóricas a través de la voz en off de los personajes. El inicio nos muestra la vida como una especie de elección entre lo místico y lo natural: elegir lo primero implica no sufrir, pero se la belleza de las cosas se categoriza como algo banal. En cambio, la segunda vía es la más indómita y bella, pero que conduce irremediablemente al dolor y a la pérdida. 

Malick reflexiona sobre la vida, la existencia y la muerte a través de las vivencias de una familia formada por la madre (Chastain), el padre (Pitt) y sus tres hijos. La madre parece haber elegido la vía religiosa; habla a sus hijos de Dios y del cielo, les enseña a ser buenos y a perdonar. El padre, por su parte, mantiene su afán por prosperar profesionalmente a través de sus patentes y así compensar de alguna manera su carrera frustrada como músico. Además, se nos muestra a una persona intransigente y estricta, que educa a sus hijos como adultos sin darles tregua a su condición de niños. 

Sin embargo, en ambos hay contradicciones: la mujer disfruta de forma sincera en comunión con la naturaleza y con la belleza de las cosas; el hombre suele caer en las mismas costumbres que recrimina a sus hijos, a quienes a pesar de tratarlos bruscamente, adora.

El árbol de la vida

Muerte y el árbol de la vida

La muerte de un personaje es el catalizador de la retrospectiva. La tan comentada secuencia-documental que nos muestra los orígenes del mundo nos viene a mostrar la insignificancia del ser humano en relación al tiempo y al espacio en que vivimos. Evolución y religión se entrelazan; del «somos nada» científico al «somos todo» místico reflejado en ese desenlace en la playa. Hay reflexiones universales que salen de la boca de uno de los niños como «¿por qué Dios permite que un niño muera?» o «¿por qué Dios nos hace sufrir si la Biblia dice que nos quiere?». Esta última pregunta parece ejemplificarse a través de la figura del padre; es quien controla la familia y quien hace sufrir a sus hijos, según sus propias ideas porque les quiere y desea hacer de ellos personas fuertes. 

En mi opinión, El árbol de la vida es un film muy interesante, en gran medida por algunas de las preguntas que plantea sobre la existencia humana. A pesar de ello, y esto es una opinión de índole totalmente subjetiva, la mayor parte de dichas reflexiones le sonarán vacías a un no creyente. Por esta razón, el clímax místico de la parte final («te lo entrego») no me convence, ya que concluye que la pena debe aliviarse con la esperanza del más allá. 

El árbol de la vida

Odisea filosófica

El verdadero problema de la cinta, sin embargo, lo veo en su excesivo metraje para la sola idea que conforma la mayor parte de la historia y que gira constantemente sobre sí misma. Le falta algo de empaque; da la sensación de que hay muchos elementos lanzados a la deriva, produciendo cierta sensación de desconcierto. Otro punto negativo lo encuentro en el personaje de Sean Penn, que me parece totalmente desaprovechado en su versión adulta.

A pesar de esto, si hay algo que no se le puede negar a El árbol de la vida es su intencionalidad filosófica, su belleza visual y la fantástica música que acompaña a las imágenes. Tanto los planos correspondientes a los orígenes del mundo como los de la familia rebosan poesía. Hay una gran maestría latente en la composición de las imágenes, que hablan por sí solas expresando sentimientos y emociones. A esto hay que añadir la gran labor interpretativa del reparto, incluyendo al elenco formado por los más pequeños.

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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