Verano 1993 – la niñez desde la mirada adulta

Verano 1993

Dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad; a pesar de que las afirmaciones totalitarias suelen hallar sus excepciones, lo cierto es que en Verano 1993 la mirada de Frida funciona como un reflejo cristalino de la realidad que le ha tocado vivir. La mayoría de nosotros, siendo niños, hemos vivido situaciones como las que Carla Simón, basándose en su propia experiencia y memorias, ha plasmado con delicadeza y naturalidad en esta cinta: conversaciones entre adultos a media voz que siguen siendo audibles (e inteligibles) a los oídos infantiles, la capacidad de ver el mundo desde esa perspectiva única que te otorga la inocencia y esa mezcla entre incomprensión y clarividencia de la que sólo somos capaces en nuestra más tierna edad.

Frida tiene seis años y ha perdido a sus padres; su madre ha sido la última en morir, de una enfermedad que ni siquiera es mentada por los adultos que la rodean. Ese tabú flota en el ambiente, como también la curiosidad y la indefensión ante una realidad totalmente nueva. Sus tíos han recibido su custodia, lo que significa que Frida debe abandonar la ya bulliciosa Barcelona de los años 90 para irse a vivir a una masía en el campo con ellos y con su prima de cuatro años. No ha recibido una sola explicación coherente sobre su pérdida, intuye que ella misma podría estar enferma y de repente ha pasado de ser el centro de su hogar a una invitada que debe luchar por el amor de sus nuevos progenitores.

Verano 1993

La infancia es, en cierta medida, cruel. Los niños son capaces de las peores maldades por las motivaciones más simples y esenciales. Frida sabe que su prima Anna es su principal competidora por el afecto de su nueva familia, y no dudará en boicotearla. Sus tíos (interpretados por unos espléndidos David Verdaguer y Bruna Cusí) manejan la situación desde diferentes roles: él trata de enmascarar su dolor apartándose de los conflictos, mientras que ella recibe la ingrata misión de ejercer de «poli malo» ante una niña que no siempre obedece ni se comporta y cuyo cuidado es una responsabilidad que no ha pedido.

Verano 1993 ha logrado fascinarme por su madurez disfrazada de simplicidad a la hora  de retratar la vida, sin dramas innecesarios pero sin renunciar a una sensibilidad punzante de la que es imposible apartarse. El foco se mantiene fijo en Frida, que entre sus maneras de entretenerse juega a representar su rol materno (inquietante la relación que entabla al hacer de «madre de Anna»), que ríe cuando está contenta pero que la mayor parte del tiempo abre los ojos buscando una mayor comprensión. Y sobre todo, se dedica a buscar a su madre en cada llamada de atención, en cada mimo logrado y en cada berrinche en que clama que la devuelvan a su hogar. La busca en el bosque y en la figura de su tía, así como ignorando a Anna y soñando con ser la única niña mimada de la casa.

Verano 1993 también consigue dar en la diana como ejercicio de nostalgia; yo fui una de esas niñas con un casete de Bom Bom Chip y un micro de pega, de tardes de helado y piscina en esos largos veranos donde chapotear en el agua o servir comida imaginaria era algo del día a día. Lo de Laia Artigas (Frida) es algo sobrecogedor; en ella se juntan la viva imagen de la felicidad y del desconcierto de la infancia, desembocando en ese llanto final en el que se adivina el final del verano.

Ficha Verano 1993 Filmaffinity

Trailer Verano 1993

Noemí Escribano

Comunicadora Audiovisual, lectora voraz y procrastinadora nata.

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