Barcelona

A la espalda del mar


Friendship

Hoy, al querer escribir sobre mi ciudad, me he dado cuenta de lo complicado que es describir aquello que te gusta. Y si, como en este caso, te quieres referir a un lugar, y no uno cualquiera, sino a ese sitio que te encandila, el nivel de dificultad se multiplica.

Así que trato de centrarme en algo concreto pero las ideas se ramifican. Paso entonces a diversificar todo ese caudal subjetivo, y entonces las ideas se coagulan. La relación con el lugar donde vives cae en una especie de idealización, y no tiene nada de extraño.

Al pasear distraídamente por las calles de Barcelona, sin más, van surgiendo imágenes, pequeños flashes extraídos del pasado que, sean buenos o malos, conservan el innegable encanto de la nostalgia.

Y es que es inevitable: adheridos al tejido urbano quedan muchos fragmentos desperdigados de la persona que fuiste. Pedazos de ti en bares donde perdiste momentáneamente la cabeza entre alcohol y música, en calles donde te apabulló una mirada indiscreta, en parques donde escuchaste confesiones a las que hiciste oídos sordos.

Cuando acompaño estos rodeos con música aparece ese dichoso tic que me tiene atada a mis propias normas. No vale cualquier tema; hay melodías que corresponden a trayectos concretos, quizás por un motivo tan aleatorio y trivial que resulta absurdo, pero da lo mismo.

Suenan las primeras notas y viajo en el tiempo; soy yo, pero lo soy en un momento diferente. Es el disfraz perfecto ante el presente, una ilusión de duración finita que se evapora al llegar a mi destino, pero que es lo más similar a la magia que me queda hoy en día.
Y con esto me siento tan infantil que me alcanza el sonrojo. Y también una sonrisa. Porque ese es, precisamente, el secreto, ese afán por el misterio que conservo desde que era pequeña.

Esas fantasías deshilachadas, esa realidad inventada es la parte de mí que más me pertenece, ya que es sólo mía, imposible de compartir. Cerrada en banda, más obstinada que mi propia persona, sobrepasada por este exceso de sociedad donde a veces ya cuesta encontrar al individuo.

Me recreo en la seguridad de esas sensaciones a las que no sé poner palabras, entre esas películas dirigidas por mi imaginación que sólo tienen pases en mi memoria, una que cambia planos y líneas de diálogo a placer.

Y escribiendo esto me siento ya en pleno viaje, con los dedos caminando por el teclado. Porque empecé queriendo hablar de mi ciudad y acabé divagando sobre mí misma. Y no sé si achacarlo a una faceta ególatra en expansión o a que, sencillamente, cada vez me cuesta más esperar dentro del círculo de tiza. Prefiero salir a explorar.


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Me cuesta describir Barcelona por las mismas razones que me gusta. 

Tiraré de un tópico, para empezar (a menudo nos quejamos de ellos, tan a menudo como suelen acertar): es una ciudad de contrastes. Quizás esa sea una de las causas por las que me fascina; la misma ciudad empatiza conmigo, con todas las personas en general, tan dispuestas a cambiar como las horas del día. Lo sientes cuando entierras los pies en la arena de la playa y diriges la mirada hacia la montaña, cuando al cruzar una calle pasas de los áticos de lujo a los miméticos pisos de ladrillo viejo y portales en sombras, cuando vas a la deriva por el Raval y te asalta un turismo hipster que vaga, despistado, entre tiendas de modernidad vintage y callejones evasivos.

Me pasa a mí, cuando me hundo en el Born y me olvido de que a pocos metros yace la contemporaneidad; es una fácil pérdida en un pasado de escaparates polvorientos de tiendas en las que, seguramente, no entraré jamás, pero que a buen seguro echaría en falta si no estuvieran.

Me cuesta describir Barcelona porque no quiero caer en el elogio regalado, pero esta ciudad me parece bonita hasta cuando es fea.

Es hermosa cuando llueve y el gris de las calles se diluye en los churretones de los coches, cuando el centro urbano se vuelve una estampa enajenada en la que las cuatro gotas de agua disparan el tráfico e inundan autobuses y trenes. Cuando el ambiente se vuelve aún más húmedo que de costumbre, y las melenas se erizan y las recepciones saludan con el olor del vapor de agua y de la ropa mojada. Me gusta cuando las cornisas se vuelven improvisados techos bajo los que resguardarse y cuando las miradas se dirigen, con cierto reproche, a esos nubarrones que desmadran la rutina.

Me cuesta describir Barcelona porque soy parcial; porque echo en falta la lluvia y aun así sigo adorándola.

 

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