Cápsulas

Mientras doy forma a este blog e intento hacerlo mío a "brochazo" limpio, he aquí la primera declaración de intenciones: trataré de no formular máximas, ni frases de aquellas generalizadoras que se supone deben englobar al común de los mortales. O al menos las mínimas posibles. La mayoría de veces nuestras vidas no están sujetas a plantillas o cánones. Partimos de una base y nos removemos incómodos en ella; por mucho que la sociedad se empeñe en ponernos molde creo que nacemos con la motivación de distinguirnos de los demás. La vida y las circunstancias de cada uno, a menudo, se encargan de diluir tales aspiraciones. Así que aquí estoy, con un cuarto de siglo (y algo más) tras de mí. En mí aún quedan chispas de ese afán de individualización, así que he abierto esto antes de que el fuego se apague del todo. La intención es dar cabida a un poco de todo aunque no a demasiado de nada, en mi línea algo desequilibrada de entusiasmos que van y vienen, con etapas de protagonismo variables. Además, se dice eso de que si algo no da un poquito de miedo es que no merece la pena.

Una vez, sentado junto a mí, me preguntaste cuánto te quería, y no supe responder. El día que puse tierra de por medio, a cientos de kilómetros de ti, saber qué decir parecía mucho más fácil. Los días que siguieron volviste a preguntar y me fallaron de nuevo las palabras; tan sólo quedaba el ansia por volver y que la cercanía fuera respuesta suficiente.
Alguien, y no sería el único en intentarlo, nos invitó a pensar en un mundo en que las personas, sin importar quiénes fueran, no pasaran como borrones por nuestras vidas; en esta realidad, a menudo hostil, en la que ya no quedan soñadores y los inventores de utopías son meros supervivientes, decidí no dejar de imaginar.
Esta mañana, al mencionar mi nombre, me supo extraño, con el sabor de aquellas palabras que, un día, sin saber por qué, pierden la familiaridad y adquieren ese tinte risible que nos hace repetirlas una y otra vez.
Tu mirada domina un paisaje de piedra y palabras muertas. ¿Sigue ahí? Aguza los sentidos grita el viento, no es sólo silencio lo que clama ¿Estás? El calor, forastero, invade el jardín de tierra helada, fenece la sombra en el mármol ¿Todavía? Huye al son que dicta el palpitar de tus entrañas que se detiene y pernocta en la morada de quien cuya caligrafía quedó finalmente enraizada.
A lo largo de nuestras vidas hay canciones que, por un motivo u otro, pasan a formar parte de nuestra banda sonora particular, que nos traen recuerdos de épocas felices o que nos marcaron, y escucharlas funciona como un pequeño viaje en el tiempo. David Bowie fue muchas de esas canciones; su voz fue una de las que más escuché durante mis años de universidad, acompañándome en decenas de viajes en tren y haciéndome cerrar los ojos y soñar al ritmo de "Starman", "Ashes to ashes" o "Lady grining soul". En mi vida y en la de tantos otros, incluso en las de los que aún no te conocen, eres inmortal, Duque Blanco.